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![]() ![]() SquareTrade © AP6.0 Cuba en 1830 Images copied from eBay: b820_12_795_2.JPG, c48a_12_795_3.JPG, f53e_12_795_4.JPG, 09ad_12_795_5.JPG, 1954_12_795_6.JPG, 2566_12_795_7.JPG, e8d2_12_795_8.JPG, f67c_12_795_9.JPG, d1d1_12_795_11.JPG, 1af3_12_795_12.JPG
DIARIO DE VIAJE DEL HIJO DEL MARISCAL NEY Por Jorge J. Beato Miguel F Garrido 88 Pages El conde Eugene Ney fue
el tercero de los hijos de Michael Ney y de Aglae-Louise Auguie. Cuando
nace en Paris en 1808, su padre es ya Duque de Elchingen y Mariscal
de Francia, pero tambien algo mas importante: uno de los heroes indiscutidos
del ejercito frances. Su cuna meciose entre la
pompa y los esplendores del primer imperio napoleonico. Pero 1815 estd muy
cerca, y con el, el derrumbe de los suenos del Gran Corso. Y entre
las tempranas victimas de los odios politicos de la restauracion
borbonica estd el Mariscal. El 7 de diciembre de 1815, balas }rancesas terminan
la vida del «bravo entre los bravosv. Eugene Ney no debia olvidarlo. Acaso este hecho, o
quizds otras convicciones, lo alejaron del camino de las armas. Y en vez de
seguir la tradicion guerrera de la familia, que todos sus hermanos
continuaron con brillantez, elige como carrera el campo mas apacible de la
diplomacia. Bajo Luis Felipe, en 1843, esta culmina como Encargado
de Negocios en el Brasil. Porque dos anos mas tarde, enfermo — dicen que de fiebre
amarilla — , regresa a Paris, donde muere unos meses mas
tarde, a los 37 anos de edad. ;Corta y ejimera la vida
de este frances! Y quizds manos cubanas jamas hubieran estampado su nombre
en unas cuartillas si alguien de los nuestros — acaso uno de los mas
interesantes — no hubiera senalado su presencia entre
nosotros hacia 1830. Pues por Cirilo Villaverde nos enter amos, en su
^Cecilia Valdes»,j2ue en el famoso baile de la Sociedad — donde Leonardo Gamboa baila con Isabel Ilincheta, y Domingo del Monte gang el corazon de Rosa Aldama — uno de los invi-tados de honor es Eugene Ney.
CUBA EN
1830 Su estancia en Cuba for
mo parte de un largo viaje por la America del None, cuyas
peripecias narro mas tarde en varios articulos publi-cados en la uRevue de Deux
Mondesv en los anos 1831, 1832 y 1833. Habia partido de Brest el 20 de abril
de 1828, a bordo de la corbeta de guerra «Ceres», como invitado de
Monsieur Brue, recien nombrado Gobernador de las islas San Pierre y
Miquelon. De Terranova parte hacia Halifax, donde es huesped muy
agasajado del jefe de las fuerzas navales britdnicas, Almirante Ogley.
Sale el 11 de octubre para
Boston en compania del capitdn
Pearl, de la Marina inglesa. Pasa por Annapolis, donde conoce a Haliburton, historiador de la Nueva
Escocia, con quien conversa
sobre el papel jugado por los franceses en la historia del pais. Durante todo el ano 1829 viaja por diferentes ciudades de la Union
Americana, y por fin, el 31 de enero de 1830 se embarca en Charleston con destino a la Perla de las Antillas. Tiene 22 anos cuando viene a Cuba. Es un joven
quien nos mira de cerca.
Pero a pesar de su juventud y aparente nonchalance, este frances tiene un ojo seguro y bastante
curiosidad para observaj-...y anotar. Pues su relato —a veces escrito en presente— traduce la inquietud de un viajero que nada confia a la memoria, y apunta con
regularidad en su carnet
de viaje todos los incidentes de la diaria Jornada. Lq^ que mas le asombra es el espectdculo de la
naturaleza cubana._ Su
pupila, cansada quizds de las doradas obscuridades del espectdculo parisien, se emborracha con la luz y
policromia de nuestro paisaje tropical. Este entusiasmo lo lleva a veces a expresiones
hiperbolicas. El Pan de
Matanzas, nuestra modesta y simpdtica lomita, ues una gran montana al oeste de la ciudad». Y la tierra
matancera, para el —como para nosotros, re-matanceros, como diria Lola
Maria de Ximeno—• «/« mds
linda del mundo». San Marcos o la Artemisa, el jardin de Cuba, «es un verdadero
paraiso terrenah. Y a ese mundo de tierra roja, de cielo siempre azul, de brisa fresca perfumada
de flores y de frutos, de lindas
criollas tocadas con sus negros velos de encaje, Ney incorpora la despreocupada juventud de sus veintidos anos.
«Recogi semillas —nos cuenta un dia—, persegui un colibri, y cace dos bellas perdices de
cabeza azuh. Casi un verso... El perfil urbano de nuestra Capital le resulta
menos atractivo. Y es logico
que quien viene de Europa y ha visto o ha vivido en Londres
DIARIO
DE VIAJE DE UN HIJO DEL MARISCAL NEY o Paris, encuentre un tanto estrecha
y provinciana la polvorienta Habana de aquellos tiempos. Nos transmits,
sin embargo, una nota alentadora que resulta curioso comentar: la
ciudad tiene un aire morisco que le gusta, asobre todo a mi —subraya—, acabado de salir de la
simple y mezquina arquitectura de los Estados Unidosv (?!). Pero no nos preocupemosjor el juicio
mas o menos negativo de Ney sobre nuestra capital. Lo importante
para nosotros es que su visita se ~\ produce al final de la
tercera decada del siglo decimo nono, tiempos I en que de manera
insensible comienza a abrirse un abismo cada dia / mas hondo entre cubanos
y espanoles. Son anosque cierran una epoca, \ en que se siente que se
acelera el otrora lento ritmo vital de la Isla.~\ Pais, paisaje y
paisanaje desfilan ante los ojos un tanto ingenuos de Ney, que sin
retoricismos ni elucubraciones se limita a describir lo que ve. Francisco
Dionisio Vives. el desconjiado y astuto Capitdn General; el malicioso
Martinez de Pinillos; el almirante Laborde y su escuadra; I la trata de esclavos: el estruendo y regocijo
de los festejos por las bodas ) reales de Fernando y Maria Cristina;
los paseos por la Alameda de Paula y por el Prado; las retretas
en la Plaza de Armas; los viajes a ingenios y cafetales; la Opera y
Rossini; los bailes en la FHarmonica... Todo un mundo que se iba —el rnundo de Cecilia Valdes—, queda en-cerrado
para la posteridad en las pdginas del carnet de viaje de Eugene Ney. jorge
J. beato. El PASEO DEL PRADO Ocupaba éste, y ocupa en el día,
el espacio de terreno que se dilata desde la calzada del Monte hasta el
arrecife de la Punta al norte, al morir el glacis de los fosos de la ciudad
por el lado del oeste. Cienfuegos extendió el paseo de la calzada
del Monte hasta el Arsenal hacia el sur; pero jamás se ha usado
como tal esa parte sino como calle Ancha, cuyo nombre lleva. Entre las
obras de adorno que tuvieron origen en el gobierno de D. Luis de las Casas,
se cuenta el nuevo Prado (el de que hablamos
ahora). El Conde de Santa Clara concluyó la primera fuente que dejó
en proyecto las Casas, y construyó otra más al norte: nos
referimos a la de Neptuno en el promedio del Prado, y la de los Leones
al extremo. Ambas se surtían de agua de la Zanja real, que atravesaba
el paseo (y aún le atraviesa) por el frente del Jardín Botánico,
hoy estación principal del ferrocarril de la Habana a Güines,
y por la orilla del foso iba a verter sus turbias aguas en el fondo del
puerto, al costado del Arsenal. Mucho después, al extremo meridional
del Prado, donde estuvo originalmente la estatua en mármol de Carlos
III, que D. Miguel Tacón trasladó en 1835 a su paseo Militar,
hizo construir a su costa en 1837 el Conde de Villanueva la bella fuente
de la India o de la Habana.
El PASEO
DEL PRADO
Now let us take a dash outside the walls, to
the Paseo Isabel, that stretches outside the old city walls in a
wide, handsome street, extending down to the sea, being know as the "Prado"
in that part of it lying beyond the Tacon theatre, towards the ocean.
(tomado de Cuba with Pen and Pencil,
by Samuel Hazard)
DEL
DIARIO DE VIAJE DE
De las cinco a las seis, todas las ventanas
de las calles por donde la moda exige que se pase para ir al Paseo
están adornadas de mujeres que, debo decirlo, tienen un aire poco
recatado, pero que no dejan de ser muy lindas. El Paseo ", el Corso
de La Habana, es una calle ancha, de mil quinientos metros de largo, rodeada
de toda especie de árboles, con otras dos calles laterales para
los peatones y bancos de piedra de tramo en tramo. En medio del Paseo hay
una fuente y en uno de los extremos una estatua de Carlos III.
Las volutas van en fila, pasan delante de esta estatua, pasan la Plaza
de Toros, una parte de los suburbios, y vuelven al Paseo. La volanta es
lo que más me ha impresionado al llegar a La Habana: el corte de
este carruaje es el de una silla de posta colocada sobre muelles y con
ruedas muy altas puestas ridículamente hacia atrás. Una cortina
de paño, que se baja a voluntad, y que se puede abotonar por los
lados, cierra la volanta como una caja, y protege del sol, del polvo o
del fango. En las varas está enganchado un caballo o un mulo montado
por un negro que llaman calessero. El traje del calessero merece ser descrito:
se compone de un sombrero de fieltro con un ancho galón de oro o
de plata, una chaqueta roja, blanca o verde, cubierta igualmente de galones
y de botoncitos; un pantalón blanco y altas botas de postillón,
bien lustradas, ceñidas a la pierna, ensanchándose mucho
por encima de la rodilla, llegando hasta el empeine y recubiertas de grandes
hebillas de plata, con largas espuelas dentro de un pesado estribo de plata,
y al lado, su machetta o sable recto.
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