Cuba en 1830
DIARIO DE VIAJE DEL HIJO
DEL MARISCAL NEY
Por
Jorge J. Beato
Miguel F Garrido
88 Pages
El conde Eugene Ney fue
el tercero de los hijos de Michael Ney y de Aglae-Louise Auguie. Cuando
nace en Paris en 1808, su padre es ya Duque de Elchingen y Mariscal
de Francia, pero tambien algo mas importante: uno de los heroes indiscutidos
del ejercito frances.
Su cuna meciose entre la
pompa y los esplendores del primer imperio napoleonico. Pero 1815 estd muy
cerca, y con el, el derrumbe de los suenos del Gran Corso. Y entre
las tempranas victimas de los odios politicos de la restauracion
borbonica estd el Mariscal. El 7 de diciembre de 1815, balas }rancesas terminan
la vida del «bravo entre los bravosv. Eugene Ney no debia olvidarlo.
Acaso este hecho, o
quizds otras convicciones, lo alejaron del camino de las armas. Y en vez de
seguir la tradicion guerrera de la familia, que todos sus hermanos
continuaron con brillantez, elige como carrera el campo mas apacible de la
diplomacia. Bajo Luis Felipe, en 1843, esta culmina como Encargado
de Negocios en el Brasil. Porque dos anos mas tarde, enfermo — dicen que de fiebre
amarilla — , regresa a Paris, donde muere unos meses mas
tarde, a los 37 anos de edad.
;Corta y ejimera la vida
de este frances! Y quizds manos cubanas jamas hubieran estampado su nombre
en unas cuartillas si alguien de los nuestros — acaso uno de los mas
interesantes — no hubiera senalado su presencia entre
nosotros hacia 1830. Pues por Cirilo Villaverde nos enter amos, en su
^Cecilia Valdes»,j2ue en el famoso baile de la Sociedad
— donde Leonardo Gamboa
baila con Isabel Ilincheta, y Domingo del Monte gang el corazon de
Rosa Aldama — uno de los invi-tados de honor es Eugene
Ney.
CUBA EN
1830
Su estancia en Cuba for
mo parte de un largo viaje por la America del None, cuyas
peripecias narro mas tarde en varios articulos publi-cados en la uRevue de Deux
Mondesv en los anos 1831, 1832 y 1833. Habia partido de Brest el 20 de abril
de 1828, a bordo de la corbeta de guerra «Ceres», como invitado de
Monsieur Brue, recien nombrado Gobernador de las islas San Pierre y
Miquelon. De Terranova parte hacia Halifax, donde es huesped muy
agasajado del jefe de las fuerzas navales britdnicas, Almirante Ogley.
Sale el 11 de octubre para
Boston en compania del capitdn
Pearl, de la Marina inglesa. Pasa por Annapolis, donde conoce a Haliburton, historiador de la Nueva
Escocia, con quien conversa
sobre el papel jugado por los franceses en la historia del pais. Durante todo el ano 1829 viaja por diferentes ciudades de la Union
Americana, y por fin, el 31 de enero de 1830 se embarca en Charleston con destino a la Perla de las Antillas.
Tiene 22 anos cuando viene a Cuba. Es un joven
quien nos mira de cerca.
Pero a pesar de su juventud y aparente nonchalance, este frances tiene un ojo seguro y bastante
curiosidad para observaj-...y anotar. Pues su relato —a veces escrito en presente— traduce la inquietud de un viajero que nada confia a la memoria, y apunta con
regularidad en su carnet
de viaje todos los incidentes de la diaria Jornada.
Lq^ que mas le asombra es el espectdculo de la
naturaleza cubana._ Su
pupila, cansada quizds de las doradas obscuridades del espectdculo parisien, se emborracha con la luz y
policromia de nuestro paisaje tropical. Este entusiasmo lo lleva a veces a expresiones
hiperbolicas. El Pan de
Matanzas, nuestra modesta y simpdtica lomita, ues una gran montana al oeste de la ciudad». Y la tierra
matancera, para el —como para nosotros, re-matanceros, como diria Lola
Maria de Ximeno—• «/« mds
linda del mundo». San Marcos o la Artemisa, el jardin de Cuba, «es un verdadero
paraiso terrenah. Y a ese mundo de tierra roja, de cielo siempre azul, de brisa fresca perfumada
de flores y de frutos, de lindas
criollas tocadas con sus negros velos de encaje, Ney incorpora la despreocupada juventud de sus veintidos anos.
«Recogi semillas —nos cuenta un dia—, persegui un colibri, y cace dos bellas perdices de
cabeza azuh. Casi un verso...
El perfil urbano de nuestra Capital le resulta
menos atractivo. Y es logico
que quien viene de Europa y ha visto o ha vivido en Londres
DIARIO
DE VIAJE DE UN HIJO DEL MARISCAL NEY
o Paris, encuentre un tanto estrecha
y provinciana la polvorienta Habana de aquellos tiempos. Nos transmits,
sin embargo, una nota alentadora que resulta curioso comentar: la
ciudad tiene un aire morisco que le gusta, asobre todo a mi —subraya—, acabado de salir de la
simple y mezquina arquitectura de los Estados Unidosv (?!).
Pero no nos preocupemosjor el juicio
mas o menos negativo de Ney sobre nuestra capital. Lo importante
para nosotros es que su visita se ~\ produce al final de la
tercera decada del siglo decimo nono, tiempos I en que de manera
insensible comienza a abrirse un abismo cada dia / mas hondo entre cubanos
y espanoles. Son anosque cierran una epoca, \ en que se siente que se
acelera el otrora lento ritmo vital de la Isla.~\ Pais, paisaje y
paisanaje desfilan ante los ojos un tanto ingenuos de Ney, que sin
retoricismos ni elucubraciones se limita a describir lo que ve. Francisco
Dionisio Vives. el desconjiado y astuto Capitdn General; el malicioso
Martinez de Pinillos; el almirante Laborde y su escuadra; I la trata de esclavos: el estruendo y regocijo
de los festejos por las bodas ) reales de Fernando y Maria Cristina;
los paseos por la Alameda de Paula y por el Prado; las retretas
en la Plaza de Armas; los viajes a ingenios y cafetales; la Opera y
Rossini; los bailes en la FHarmonica... Todo un mundo que se iba —el rnundo de Cecilia Valdes—, queda en-cerrado
para la posteridad en las pdginas del carnet de viaje de Eugene Ney.
jorge
J. beato.
El PASEO DEL PRADO Ocupaba éste, y ocupa en el día,
el espacio de terreno que se dilata desde la calzada del Monte hasta el
arrecife de la Punta al norte, al morir el glacis de los fosos de la ciudad
por el lado del oeste. Cienfuegos extendió el paseo de la calzada
del Monte hasta el Arsenal hacia el sur; pero jamás se ha usado
como tal esa parte sino como calle Ancha, cuyo nombre lleva. Entre las
obras de adorno que tuvieron origen en el gobierno de D. Luis de las Casas,
se cuenta el nuevo Prado (el de que hablamos
ahora). El Conde de Santa Clara concluyó la primera fuente que dejó
en proyecto las Casas, y construyó otra más al norte: nos
referimos a la de Neptuno en el promedio del Prado, y la de los Leones
al extremo. Ambas se surtían de agua de la Zanja real, que atravesaba
el paseo (y aún le atraviesa) por el frente del Jardín Botánico,
hoy estación principal del ferrocarril de la Habana a Güines,
y por la orilla del foso iba a verter sus turbias aguas en el fondo del
puerto, al costado del Arsenal. Mucho después, al extremo meridional
del Prado, donde estuvo originalmente la estatua en mármol de Carlos
III, que D. Miguel Tacón trasladó en 1835 a su paseo Militar,
hizo construir a su costa en 1837 el Conde de Villanueva la bella fuente
de la India o de la Habana.
El nuevo Prado constaba de una milla de extensión,
poco más o menos, formando un ángulo casi imperceptible de
80 grados, frente a la plazoleta donde se elevaba la fuente rústica
de Neptuno. Le constituían cuatro hileras de árboles
comunes del bosque de Cuba, algunos con la edad muy corpulentos, e impropios
todos de alamedas. Por la calle del centro, la más ancha, podían
correr cuatro carruajes apareados; las dos laterales, más angostas,
con unos pocos asientos de piedra, servían para la gente de a pie,
hombres solamente, quienes en los días de gala o fiesta se formaban
en filas interminables a lo largo del paseo. La mayor parte de éstos,
especialmente los domingos, se componían de mozos españoles
empleados en el comercio de pormenor de la ciudad, en las oficinas del
gobierno, en la marina de guerra y en el ejército, pues por su calidad
de solteros y por sus ocupaciones no podían usar carruaje y visitar
el Prado en vehículo de alquiler; y si algún extranjero lo
hacía por ignorancia de la regla o consentimiento del sargento del
piquete de dragones que daba allí la guardia, llamaba la atención
y excitaba la risa general del público. La juventud cubana
o criolla tenía a menos concurrir al Prado a pie; sobre todo el
confundirse con los españoles en las filas de espectadores domingueros.
De suerte que allí tomaba parte activa en el paseo sólo la
gente principal: las mujeres invariablemente en quitrín, algunas
personas de edad en volante y ciertos jóvenes de familias ricas,
a caballo. Ninguna otra especie de carruaje se usaba entonces en la Habana,
a excepción del Obispo y del Capitán General, que usaban
coche. El recreo se reducía a girar en torno de la estatua de Carlos
III y la fuente de Neptuno cuando la concurrencia era corta; que cuando
era mucha se extendía hasta la de los Leones u otro cualquier punto
intermedio, donde el sargento del piquete calculaba que debía plantar
uno de sus dragones, a fin de mantener el orden y de que se guardase
la debida distancia entre carruaje y carruaje. Mientras mayor era la afluencia
de éstos, menor era el paso a que se les permitía moverse;
de que resultaba a menudo un ejercicio muy monótono, no desaprovechado
en verdad por las señoritas, cuya diversión principal consistía
en ir reconociendo a sus amigos y conocidos, entre los espectadores
de las calles laterales, y saludarlos con el abanico entreabierto, de la
manera graciosa y elegante que es dado a las habaneras.
Por fortuna, la monotonía y funérea
gravedad de tan inocente recreo, a que las autoridades españolas
daban el nombre arbitrario de orden, duraban lo que la presencia de los
dragones del piquete en la avenida central del Prado, es decir, de las
cinco a las seis de la tarde. Porque cosa sabida que, unas veces con la
punta de la lanza, otras a varazos, hacían que los caleseros guardasen
el paso y la fila. Pero después de saludar el pabellón español
en las fortalezas del contorno, ceremonia previa para arriarlo,lo mismo
que las señales del Morro, desfilaba el piquete por la orilla de
la Zanja, en dirección de la calle y cuartel de su nombre, y al
punto empezaban las carreras, el verdadero ejercicio, la belleza y novedad
de la diversión. Espectáculo digno de contemplarse era, en
efecto, entonces, el paseo en carruaje y a caballo, del nuevo Prado de
la Habana, iluminado a medias por los últimos rayos de oro del sol
poniente, que en las tardes de otoño o de invierno se degradan en
manojos de plata, antes de confundirse con el azul purísimo
de la bóveda celeste.
Los
caleseros expertos se aprovechaban con ganas de la ocasión que se
les presentaba para hacer alarde de su habilidad y destreza, no ya sólo
en el regir de los caballos, en el girar violento y caprichoso de los quitrines,
sino en el tino con que los metían por las estrechuras y la confusión
y los sacaban sin choque ni roce siquiera de unas ruedas con otras. Aun
las tímidas señoritas, en el colmo del entusiasmo por el
torbellino de las carreras y giros, arrebatadas en sus conchas aéreas,
con la acción y a veces con la palabra, animaban a los ginetes;
con que unos y otros contribuían hasta donde más al peligro
y grandeza del espectáculo. Poco a poco desaparecía la vaporosa
luz crepuscular; una polvareda sutil y cenicienta se elevaba remolinando
hasta las primeras ramas de los copudos árboles y cubría
todo el paseo; de manera que, cuando uno tras los quitrines, con su carga
de mujeres jóvenes y bellas, dejaban el estadio en vuelta de la
ciudad o de los barrios extramuros, no creía menos el desapercibido
espectador sino que salían de las nubes, cual otras Venus, de la
espuma de la mar.
El PASEO
DEL PRADO
Now let us take a dash outside the walls, to
the Paseo Isabel, that stretches outside the old city walls in a
wide, handsome street, extending down to the sea, being know as the "Prado"
in that part of it lying beyond the Tacon theatre, towards the ocean.
This Paseo is, in some respects, the finest
in the city, being wide, well built on both sides, laid out with walks
and carriage drives and long rows of trees, and having upon it some of
the principal places of amusement; nearly all the gates of the city,
when the walls were standing, opened onto it, and it is the general thoroughfare
between the old and new town.
In 1857, there were five rows of shady trees all the way down
the Paseo, but they have been torn down, in part by a tornado and in part
by the authorities, and others, yet small, put in their place; the street
has also been lately beautified in several places by the making of
new improvements. Fountains are scattered at intervals along the street,
some of which add a fine effect. There are other paseos on the bay side
of the city, where it is pleasant to go and get the fresh air from the
sea, morning and evening.
Beyond the Paseo Isabel is the fine "Calzada
de Galiano," a handsome paved highway, with long rows of well-built, striking
looking houses, most of them with pillared fronts.
(pág. 67-68)
.
But here we are strolling up the Paseo, and
again we pass by the Fountain of India, even more beautiful by moonlight
than in daytime. Now, as we reach the Paseo opposite the Tacon, look at
the quiet beauty of that scene towards the sea: here, in the foreground,
the Parque of Isabel, with its velvety grass-plots surrounded by
neat wire borders, dusky figures in contrast to the more fairy-like
ones beside them; the fine facade of white buildings to the left, over
which the moon casts a beautiful, mild tint; the long perspective of
the colonnaded buildings, with the shadowy avenue of trees, broken here
and there by silvery light; while in the distance is the calm sea, whose
gentle murmurings against the rocks of La Punta we faintly catch. It seems
like fairy-land, indeed, or something to dream of; and so, amigos, "buenas
noches."
(tomado de Cuba with Pen and Pencil,
by Samuel Hazard)
DEL
DIARIO DE VIAJE DE
EUGÈNE
NEY
De las cinco a las seis, todas las ventanas
de las calles por donde la moda exige que se pase para ir al Paseo
están adornadas de mujeres que, debo decirlo, tienen un aire poco
recatado, pero que no dejan de ser muy lindas. El Paseo ", el Corso
de La Habana, es una calle ancha, de mil quinientos metros de largo, rodeada
de toda especie de árboles, con otras dos calles laterales para
los peatones y bancos de piedra de tramo en tramo. En medio del Paseo hay
una fuente y en uno de los extremos una estatua de Carlos III.
Las volutas van en fila, pasan delante de esta estatua, pasan la Plaza
de Toros, una parte de los suburbios, y vuelven al Paseo. La volanta es
lo que más me ha impresionado al llegar a La Habana: el corte de
este carruaje es el de una silla de posta colocada sobre muelles y con
ruedas muy altas puestas ridículamente hacia atrás. Una cortina
de paño, que se baja a voluntad, y que se puede abotonar por los
lados, cierra la volanta como una caja, y protege del sol, del polvo o
del fango. En las varas está enganchado un caballo o un mulo montado
por un negro que llaman calessero. El traje del calessero merece ser descrito:
se compone de un sombrero de fieltro con un ancho galón de oro o
de plata, una chaqueta roja, blanca o verde, cubierta igualmente de galones
y de botoncitos; un pantalón blanco y altas botas de postillón,
bien lustradas, ceñidas a la pierna, ensanchándose mucho
por encima de la rodilla, llegando hasta el empeine y recubiertas de grandes
hebillas de plata, con largas espuelas dentro de un pesado estribo de plata,
y al lado, su machetta o sable recto.
Para el paseo se sirven ordinariamente de
quitrines, los cuales se diferencian de la volanta en que tienen un fuelle
que se baja como el de un cabriolé. Éste es el mueble más
cuidado en las casas: la primer cosa que se advierte bajo la puerta, al
entrar, es la volante, que a menudo está en el zaguán o aún
en la sala. Un día, almorzando en casa del señor Stouder,
se pasó al caballo por el comedor para engancharlo en la sala.
Las mujeres van al Paseo vestidas tan elegantemente
como irían al baile. Los domingos y los días de fiesta hay
música militar situada a intervalos determinados, y un piquete de
lanceros mantiene el orden entre los carruajes. Las volan1as de alquiler
no son admitidas. Generalmente se vuelve de este paseo a la Plaza
de Armas, donde la música militar toca varias veces por semana,
y el día se termina en la ópera. (tomado de Cuba en 1830/
Diario de viaje de un hijo del Mariscal Ney)
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